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aandrea escribió "Padre Morales, es común que uno se dirija a un Ministro de la Iglesia con el fin de buscar consuelo en sus palabras, pues en ellas esperamos hallar, si no el consejo directo de Dios, al menos la noción de que el mundo está en su sitio. Y claro, si todo está donde debe estar, uno se halla del lado del bien; ya que por más “pecadores” que nos sintamos, basta un acto de contrición para darnos el boleto de regreso a la esperanza de alcanzar el Cielo que según dicen, es sólo para los justos.
Sin embargo, esta no es una contrición, ni una confesión; sino una simple carta en donde acepto el desconcierto y también el desconsuelo, que usted me regaló un día y que me ha acompañado hasta hoy. Porque hoy, después de muchos años y aunque usted ya no está en el mundo de los vivos, quiero decirle que jamás envidié su trabajo. Eso de andar dilucidando entre el bien y el mal, especialmente en tiempos de tan amplia y profunda confusión, debe ser un quehacer difícil. Pero claro, alguien tiene que hacerlo. Imagínese qué clase de mundo sería este, si no hubiera personas de buen juicio. Es decir, gente de fiar.
No hay mucha, por supuesto. Por eso es tan reconfortante dar con algunas de ellas como ustedes los sacerdotes y, llegado el momento, vaciar en sus oídos el peso de nuestra conciencia; después de todo ¿qué clase de hombre puede sumergirse en las zonas más tórridas de la podredumbre humana y al mismo tiempo, conservarse lo suficientemente lejos de los apetitos mundanos para juzgarlos, sancionarlos y hasta perdonarlos?
Un santo, ¡claro!. Pues se supone o se pretende suponer, que los sacerdotes viven naturalmente, más cerca de la santidad que el común de los mortales. No en balde se obligan a conservarse castos y humildes, a pesar del mundo de tentaciones por las que su alma debe transitar. Así pues, asumimos que cuando una persona se “confiesa” lo hace, si no ante un santo, si frente a un hombre que le aventaja en bondad, comprensión y recto juicio, entonces: ¿Por qué no confiar en un sacerdote?... sobre todo cuando se ha crecido en la religión católica, se han recibido los sacramentos y hasta se han *****plido los mandamientos.
Un día, llegué a pensar, que quizás el hombre es la única criatura que no puede o no debe, confiar en los miembros de su propia especie; sin embargo, tengo muy claro que en este tema todo es confusión. Y es aquí, donde son requeridas personas como usted Padre Morales: árbitros que nos digan, luego de tanto chapotear entre aguas turbias, dónde quedaron el bien y el mal.
Seguramente ha escuchado usted la frase: “Mujer de poca fe”. Hoy, quisiera que me respondiera, ¿cómo evitar ser una mujer de poca fe, cuando usted mismo fue indigno de mi confianza?... dígame, ¿cómo le explica a una adolescente donde está el bien y el mal, si son absolutamente confundibles hasta para usted mismo?
Si se fija, hasta ahora no lo he “acusado” de nada. ¿O es que tendría que culparlo de algo en particular?. Un día, usted ingresó a un seminario, se preparó para ser un sacerdote, es decir: “un pastor de almas”... como decía aquel “slogan” que aún recuerdo. ¡Sí!... usted debió mantenerse apartado de lo que a otros humanos apetece... particularmente de las mujeres, pues es sabido, que no se les permite estar jamás a solas con ellas. Lo cual nos dice que, aún siendo sacerdotes, no confían en ustedes, ni en ellas. No obstante, ellas a menudo hasta les confían a sus hijos, así como mi madre me confió a usted un día.
"Mujer de poca Fe"... he ahí uno de los insultos más punzantes del mundo. ¡Y está en el Evangelio!. No obstante, nadie nos dice cómo llamar a quienes llevan a otros a perder la Fe. Y algo más material: la confianza. Pues debe ser terrible tener mucha fe y no poder confiar ni en un sacerdote.
Dígame Padre Morales, desde allá donde usted está... ¿En dónde pongo mi Fe? ¿En dónde todo aquello que me enseñaron en mi religión y que usted desmintió de la forma más dolorosa?. Porque... ¿sabe qué?... cuando era niña yo tenía miedo a los monstruos, a los fantasmas, al “coco” y a todos aquellos seres que me provocaban miedo o terror; pero no porque sean lo que son, sino porque los imaginaba malos, crueles y perversos, ahora comprendo que todos estos son atributos humanos. De algunos seres humanos.
Al ir creciendo, jubilé esos monstruos y aprendí a confiar en las personas. Por ejemplo, me enseñaron a respetar y confiar en los hombres que en mi religión llamaban “sacerdotes”, porque dizque son los “representantes de Dios en la Tierra” (al menos eso me enseñaron mis padres y las monjas que me educaron). ¡Sí!... me educaron en un colegio de monjas quienes junto con mis padres y varios sacerdotes, se convirtieron en mis guías “espirituales”; fueron el eje de mis creencias, la base de mi moral y todos los principios que seguramente, me harían una “mujer de bien”.
Pero... tengo malas noticias, gracias a usted Padre Morales, me convertí en un ser atormentado, incrédulo y sin fe; porque durante mucho tiempo me rodeó un insalvable muro de dolor y rebeldía, que no me dejaba ver más allá de aquél día a mediados de los años setenta cuando me fue arrebatada mi inocencia para siempre, por un hombre con sotana negra y frente a una imagen de la “Virgen”… ¡sí!, usted Padre Morales... o ¿acaso ya lo olvidó?.
¡Ya lo sé!... usted ya ha sido juzgado y está donde debe estar, pero yo sigo aquí... y aunque mucho tiempo me escondí a llorar, hoy me enoja ver como en aras de una religión, se siguen pisoteando los derechos de aquellos que han sido ultrajados por ministros de una iglesia, de cualquiera que sea. Porque más que un ataque físico, es un ultraje en el alma y en la fe, y ese es más difícil de sanar, porque el daño más que físico, es etéreo.
Padre Morales... estoy segura que ahora usted comprende que además de mi inocencia, usted se robó mi fe; ultrajó mi cuerpo y mi conciencia y después se fue a oficiar misa, a consagrar hostias y a perdonar pecados.
¿Qué tiene usted que decirme ahora?... ¿acaso haría un acto de contrición y pediría perdón?... ¿y quién me devuelve mi inocencia y mi fe?... no puede usted hacer nada ni con la ayuda de todo el séquito celestial. Pero todo el dolor que usted me provocó yo lo transformé en fortaleza y en perdón para usted y todos los sacerdotes que como usted, se equivocan; porque finalmente son simples mortales y ahora, lo comprendo.
Insisto, Padre Morales, no quisiera estar en su lugar. No sólo por esta voz que lo acusa, sino porque al verse en el espejo descubriría a un hombre que, culpable o inocente, difícilmente volvería a inspirar confianza. Y entonces, sería igual estar vivo que muerto. Sería como estar en el “Infierno” (si es que existe), y ya ve usted que allí no hay fe que sobreviva.
¡Sí!... perdí mi confianza en los sacerdotes... yo sé que no todos son iguales, pero la reputación de cualquier institución la crea los hombres que la integran. Ojalá usted, Padre Morales, hubiera tenido la fortaleza de mantener su celibato; o bien, renunciar al sacerdocio si se sentía tan atraído por las mujeres.
¿Sabe qué?... estoy cansada de vivir en un Mundo con una doble moral, por eso sugiero que antes de cuestionar aquello que los cuestionan, las autoridades de la las iglesias (cualquiera que sean) se pongan a reconsiderar su papel ante la sociedad, pues somos millones los seres humanos que tenemos una Fe que no está basada en los hombres que constituyen las religiones, porque sabemos que al final de cuentas son tan vulnerables como cualquier mortal.
No, yo no perdí mi Fe en Dios, ni me cambié de religión, ni deambulé en cuantas religiones existen, ni renegué de nada; simplemente hoy, mi Fe se basa en un Dios justo y verdadero; ese Dios que descubrí más allá de una institución religiosa. Un Dios que sí es mío, porque mi Fe en Él, no depende de nada ni de nadie, es solamente entre Él y yo.
Así que, finalmente Padre Morales, debo darle las gracias por abrirme los ojos muy tempranamente y ayudarme a encontrar mi verdadera religión; la mía propia, ¡sí!... porque ahora tengo mi propia religión: la del PERDÓN y el AMOR… y mi Fe se mantiene intacta, resistente e invulnerable, porque ¿sabe qué?... mi Fe se sobrepuso a una realidad que yo viví, nadie me la contó.
Y así, descubrí que la fortaleza del espíritu no viene de una religión o secta, tampoco viene de un ministro o maestro, sino que viene del interior de uno mismo; viene del alma… porque ahí, radica la esencia del amor y del perdón… ahí, radica la libertad de espíritu, la verdadera LIBERTAD, porque quien no es capaz de perdonar desde el alma, jamás será verdaderamente libre y por lo tanto, no será capaz de amar incondicionalmente. Porque al final, todo es cuestión de FE.
Descanse usted en paz Padre Morales, lo perdoné hace tiempo... me liberé del "dolor" y lo transmuté en perdón... y el PERDÓN en AMOR. Vivo en PAZ. Descanse usted en PAZ."
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