
Retrospección
Sin ningún temor hicimos un inventario moral
-examen de conciencia: retrospección- de
nosotros mismos. Admitimos ante el Universo
Infinito, ante nosotros y ante todo ser
humano la naturaleza exacta de nuestras
faltas. Admitimos que nuestra conciencia es
lo que somos.
La Creación nos dotó de instintos para un
propósito. Sin ellos no seríamos seres
humanos completos. Sin embargo, estos
instintos (los sentidos básicos) tan
necesarios para nuestra existencia, nos
dominan e insisten en dominar nuestras
vidas. Deseos sexuales, emociones,
pensamientos, hábitos, etc. Resentimiento,
resignación, culpa, crítica, amor egoísta y
sed de poder. Este Paso es un esfuerzo
laborioso y vigoroso para descubrir cuales
han sido y son estos riesgos en nosotros.
Queremos descubrir exactamente cómo, cuándo
y dónde éstos deformaron nuestros instintos
naturales. Queremos mirar de frente a la
desdicha que esto les ha causado a otros y a
nosotros. Descubriendo cuáles son nuestras
“deformaciones” emocionales, mentales,
espirituales podremos corregirlas.
Sin un deseo sincero y perseverante de
hacerlo, es muy limitada la satisfacción que
podamos obtener. La mayoría de nosotros se
ha dado cuenta de que es muy difícil de
alcanzar la fe y el conocimiento que obra
positivamente en la vida cotidiana, si no se
ha hecho sin temor alguno, sin temor, un
minucioso inventario moral: Retrospección.
Debe cuidarse que la búsqueda de la
seguridad (física, emocional, mental y/o
espiritual) no se anteponga al despertar.
Los instintos alborotados obstaculizan la
investigación. Siempre surge una “reacción”.
El inventario se relaciona también con la
escala de valores. Para evitar confusiones
sobre las denominaciones de los “defectos”,
vamos a adoptar una relación universalmente
reconocida de los principales defectos
humanos -los siete pecados capitales: el
orgullo, la avaricia, la lujuria, la ira, la
gula, la envidia y la pereza. El orgullo no
encabeza esta relación por mera
casualidad. Porque el orgullo, conduce a la
tendencia que tenemos de tratar de
justificar -argumentar- nuestros actos y
siempre espoleados por los temores
conscientes o inconscientes, es la causa
principal de la mayor parte de las
dificultades humanas, el principal obstáculo
al verdadero progreso espiritual. Todos
estos “defectos” generan miedo, temores que
devoran sin cesar la base de cualquier clase
de vida que tratamos de edificar. Los medios
no justifican el fin, el fin y los medios
son uno solo. Cuidemos de los medios y el
fin estará allí. El primer paso es el último
paso.
Así que cuando se sugiere hacer un
inventario sin temor alguno, le parecerá que
se le está pidiendo más de lo que debe
hacer. Tanto su orgullo como su temor, lo
rechazan cada vez que intenta mirarse por
dentro. El orgullo dice: “No hay necesidad
de que pases por aquí...” y el temor dice:
“No te atrevas a mirar aquí”. Pero el temor
y el orgullo son simplemente “ilusiones”. No
es la vida la que me trae problemas sino la
“imagen interna” que tengo de ella. La
imagen es el “espejismo”. A medida que
perseveramos, nace una confianza
completamente nueva y el alivio al
enfrentarse a nosotros mismos es
indescriptible. Estos son los primeros
frutos de este Paso. Para entonces él
probablemente ya llegó a la siguiente
conclusión: “Carácter es igual a Destino”.
Será la primera prueba tangible de nuestra
buena voluntad de ir hacia adelante. El
inventario debe hacerse concienzudamente. En
este respecto es conveniente anotar nuestras
preguntas y respuestas. Ayudará a pensar con
claridad.
El ofensor número uno es el resentimiento.
Causando la destrucción, hasta de las
células. De él nacen todas las formas de
enfermedad espiritual, ya que no solo hemos
estado enfermos mental y físicamente, sino
que también espiritualmente. Cuando nuestro
mal espiritual es vencido, nos enderezamos
física y mentalmente.
Para manejar los resentimientos, los
anotamos por escrito (diario personal).
Enumeramos a las personas, instituciones y
principios, a todas las formas de vida con
los que estábamos disgustados.
La vida nos ha enseñado que no podemos vivir
solos con nuestros problemas, que no vivimos
aisladamente. Nos enseñó que: “Uno es el
mundo y el mundo es lo que uno es”. Si hemos
iluminado el curso de nuestras vidas, y
hemos visto en relieve esos incidentes que
preferimos no recordar, si hemos llegado a
comprender cuánto daño nos ha causado a
nosotros mismos y a los demás esa manera de
pensar y de actuar
“contradictoria-ambivalente-desvitalizante”,
entonces necesitamos más urgentemente que
nunca dejar de vivir solos con esos
fantasmas atormentadores del “ayer”. Tenemos
que hablar de ello con alguien. Todo debe
salir a la superficie.
¿Qué es lo que podemos recibir del Séptimo
Paso? Por lo pronto, librarnos de esa
terrible sensación de aislamiento que
siempre hemos tenido. No sentimos que
“pertenecíamos” a algo hasta que hablamos
con entera sinceridad de nuestros
“defectos”, y oímos a otra persona hacer lo
mismo. Fue el principio de un “parentesco”
genuino con el ser humano y con el universo.
Este paso vital también fue el medio por el
cual empezamos a sentir que se nos podría
perdonar, sin importar lo que hubiéramos
hecho o pensado. Nuestro inventario moral
nos había convencido de que era conveniente
perdonarlo todo, pero fue sólo cuando
abordamos resueltamente el Séptimo Paso,
cuando supimos que podríamos recibir y
otorgar perdón.
Otro bien que podemos esperar como resultado
de la admisión de nuestros defectos ante
otro ser humano, es la “humildad”. Significa
el reconocimiento manifiesto de qué y
quiénes somos en realidad, seguido por un
esfuerzo sincero de llegar a ser lo que
podríamos. Por consiguiente, nuestra primera
acción afirmativa hacia el logro de la
humildad deberá consistir en el
reconocimiento de nuestras faltas, de
nuestro “dormir soñando que estamos
despiertos”. Y pronto descubrimos que aunque
deseáramos y estuviéramos dispuestos a
librarnos de ellos, nosotros solos no
podríamos eliminarlos. Necesitamos ayuda de
fuera para, con entera veracidad, averiguar
y admitir la verdad acerca de nosotros
mismos, la ayuda del Universo Infinito y la
de otro ser humano (grupo). Solamente
ventilando nuestras vidas, sin retener nada,
solamente estando dispuestos a recibir
consejos y a aceptar ser dirigidos, podremos
ir por el camino de la debida manera de
pensar, de la honradez sólida y de la
humildad genuina. Cuando somos sinceros con
otras personas se confirma que hemos sido
sinceros con nosotros mismos y con la Vida.
Otra dificultad es que: nuestro racionalismo
y nuestras creencias motivadas por el deseo,
pueden tergiversar aquello que nos llegue si
estamos solos. En cuestiones espirituales es
peligroso conducirse solo. Caemos presa del
autoengaño.
Por otro lado, debemos tener mucho cuidado,
recordando que la prudencia es una gran
virtud. Siempre que el interesado no retenga
nada, sentirá un gran alivio. A medida que
cede el dolor, lo reemplaza una tranquilidad
reparadora. Y cuando se combinan así la
humildad y la serenidad (calma interior)
algo grande está a punto de ocurrir... Este
sentimiento de ser uno con el universo y con
el hombre, este surgimiento del aislamiento
a través del sincero compartir de nuestra
terrible carga de culpabilidad, nos conduce
a un estado de tranquilidad en el que
podemos prepararnos para los siguientes
pasos.
Nuestra conciencia es lo que somos. Nuestras
creencias e ideales, nuestros dioses,
nuestra violencia, nuestro temor, los
conceptos románticos, el placer, el dolor,
el miedo a la muerte y la eterna pregunta
que el hombre se ha formulado desde tiempos
inmemoriales: si más allá de todo esto,
existe algo sagrado.
Esa es nuestra conciencia. Eso es lo que
somos. Uno no es diferente de su conciencia.
Nos estamos preguntando si ese contenido de
la conciencia puede cambiar, si puede ser
totalmente transformado.
En primer lugar, la conciencia de uno no es
“su” conciencia. Es la conciencia de toda la
humanidad, porque lo que uno piensa, las
creencias que uno profesa, sus sensaciones,
sus reacciones, su pena, su dolor, su
inseguridad, sus símbolos, etc., son
compartidos por toda la humanidad. Sea que
vaya uno a un país o a otro, encontrará que
los seres humanos sufren en todas partes.
Temen a la muerte, tienen creencias e
ideales. Hablan un idioma particular, pero
su pensar, sus reacciones, sus respuestas
son generalmente compartidas por todos los
seres humanos.
Es un hecho que uno sufre y que su prójimo
sufre; ese prójimo puede estar a miles de
millas de distancia, pero sufre. El se
siente tan inseguro como uno; puede tener
muchísimo dinero, pero internamente hay
inseguridad. El hombre rico, o el hombre que
tiene poder, de cualquier país, todos pasan
por este dolor, por esta ansiedad, esta
desesperación, este sentimiento de soledad.
La conciencia de uno no es “su” conciencia,
como tampoco el pensamiento de uno, nuestro
pensar, no es pensar individual. El pensar
es común, es general (sentido común), desde
el hombre más pobre, menos educado, menos
refinado que vive en una pequeña y diminuta
aldea, hasta el más sofisticado de los
cerebros: el de los científicos.
Es bastante difícil de ver esto y de conocer
la verdad, debido a que estamos muy
condicionados como individuos. Todos
nuestros libros, de cualquier origen, todos
sostienen y alimentan esta idea, este
concepto del individuo.
Uno es el resultado de su ambiente, del
idioma que habla, del alimento que come, de
la ropa, del clima, de la tradición
transmitida de generación en generación.
Uno es producto de la sociedad que ha
creado. La sociedad no es diferente de uno.
El hombre ha creado una sociedad de codicia,
de envidia, de odio, violencia, guerras,
tecnologías, una sociedad adicta... La
conciencia de uno no es su conciencia: es el
suelo sobre el que caminan y piensan todos
los seres humanos.
Si pensamos que pensamos como individuos
seguimos aislados. No hay seguridad en el
aislamiento. Si reconocemos que internamente
no hay división, que todos compartimos los
mismos problemas, entonces la pregunta es:
¿Puede uno, como ser humano que representa a
toda la humanidad, producir una revolución
interna fundamental? Si yo como ser humano
cambio, ¿afectará esto de algún modo al
resto de la humanidad?
Si uno cambia, influye en toda la conciencia
del hombre. Cuando uno como ser humano se
transforma radicalmente en lo
psicológico-interno, o sea, está libre de
temor, tiene una relación correcta con el
prójimo, ha elaborado el dolor... influye en
toda la conciencia del hombre. No es una
cuestión egoísta. No es una salvación
individual. Sino la de todos los seres
humanos,
de los cuales uno forma parte.
Cuanto más conectados estemos, con mayor
agudeza seremos conscientes de los momentos
en que perdemos la conexión, cosa que suele
suceder cuando estamos en tensión
(estresados). En los momentos de lucidez
podemos distinguir nuestra manera de robar
energía a los demás. Una vez nuestra
conciencia personal se percata de nuestras
manipulaciones, nuestra conexión es más
constante y nos permite descubrir nuestra
línea de desarrollo en la vida, nuestra
misión espiritual y el estilo personal con
que podemos hacer una aportación al mundo.
El primer paso en el proceso de poner las
cosas en claro consiste para todos en traer
a la conciencia nuestro drama particular de
control -“farsas de control”. ¿Cómo
controlamos a los demás? No podremos avanzar
hasta no habernos mirado bien y descubierto
qué hacemos para manipular y así conseguir
energía (“combustible”).
Cada persona manipula para conseguir energía
en forma agresiva, forzando directamente a
la gente a que le preste atención, o pasiva,
jugando con la simpatía o la curiosidad de
la gente para atraer la tensión. El orden de
los dramas es de agresivo a pasivo, de Yang
a Yin: “intimidador, interrogador, distante
y pobre de mí”. En otro sentido: “miedo,
resentimiento, crítica, y culpa”.
Una persona llega a cualquier extremo
necesario para atraer la energía de la
atención en su familia. Y, posteriormente,
esa estrategia pasa a ser su forma dominante
de controlar para obtener energía de todos,
el drama que repite en forma constante.
Las personas distantes crean interrogadores.
Y los interrogadores hacen que la gente sea
distante. Y los intimidadores crean la
actitud pobre de mí (culpa), o, si eso no
resulta, otro intimidador.
Por ejemplo, si aspiramos a controlar a otra
persona haciendo que se sienta culpable o
insuficiente -y si así adquirimos su energía
al embarcarla en un viaje de culpabilidad
que la lleva a prestarnos toda su atención-,
podemos ser calificados como: “victimistas”.
Por otra parte, si aspiramos a controlar a
los demás de forma menos pasiva y optamos
por permanecer lejanos, inaccesibles y poco
claros -si aspiramos a conseguir que el otro
nos persiga para comprendernos a fondo, y si
así obtenemos su energía gracias a sus
atenciones-, podemos ser calificados como:
“reservados”.
Una conducta más agresiva es la que pretende
controlar a los demás encontrando sus
errores, haciéndoles sentirse cohibidos y
vigilados; es el estilo que se describe como
propio del: “interrogador”.
Por último se encuentra la farsa de control
más agresiva de todas, la del “intimidador”,
que adquiere su energía al aterrorizar a los
demás para que le presten atención.
Todo hábito inconsciente que pase a ser
examinado a fondo por la conciencia
experimenta una liberación.
Pero recordemos: hay una tendencia a ver
estos dramas en los demás y pensar que
nosotros estamos exentos de esos mecanismos.
Cada uno de nosotros debe trascender esta
ilusión para poder seguir adelante. Podemos
encontrar un sentido más elevado para
nuestra vida, una razón espiritual para
haber nacido en nuestras familias
particulares. Podemos empezar a poner en
claro quiénes somos en verdad.
El segundo paso en el proceso de poner las
cosas en claro consiste para todos en que
cada uno debe remontarse a su pasado, a la
vida familiar inicial, y ver cómo se formó
ese hábito. Ver su aparición mantiene
nuestra forma de controlar en el nivel
consciente. Siempre desarrollamos nuestros
dramas particulares en relación con los
miembros de nuestra familia. Una vez que
reconocemos la dinámica de la energía en
nuestra familia, podemos ir más allá de
estas estrategias de control y ver qué
ocurre en realidad.
Cada persona debe reinterpretar su
experiencia de familia desde un punto de
vista evolucionista, desde un punto de vista
espiritual, y descubrir quién es en verdad.
Una vez que lo hacemos, nuestro drama se
desvanece y nuestra vida real despega.
¿Cómo es la imagen-paterna? ¿Qué
representaba mi padre? ¿Cuáles eran sus
puntos fuertes, cuáles sus logros? ¿Qué
quiso de la vida, qué fue lo que no logró
obtener? ¿Cómo es la imagen-materna? ¿En qué
consistió su vida? ¿Qué quiso encontrar en
este mundo, al margen del éxito que tuviera
en su empeño?
Somos la contradicción mamá-papá.
Hay una sola manera de encontrar el
verdadero Yo. Todos debemos remontarnos a
nuestra experiencia familiar, al tiempo y
lugar de la infancia, y revisar lo que pasó.
Una vez que tomamos conciencia de nuestro
drama de control, podemos concentrarnos en
una verdad superior en cuanto a nuestra
familia. Una vez que la descubrimos, esta
verdad puede energizar nuestra vida, ya que
nos dice quiénes somos, el camino que vamos
recorriendo y qué estamos haciendo.
Nuestra actitud pacífica testimonia lo bien
que nos conectamos con la energía.
Ahora puede mirar más allá de la competencia
por la energía que existía en su familia y
buscar la verdadera razón por la que usted
estaba allí. ¿Por qué nací en esa familia en
particular? ¿Cuál puede haber sido el
propósito? ¿Cómo y por qué fueron “heridos”
los instintos de supervivencia, jerarquía,
solidaridad y amor?
No somos simplemente la creación física de
nuestros padres; también somos la creación
espiritual. Naciste de esas dos personas (de
la interacción de ambos), y sus vidas
ejercieron un efecto irrevocable en quién
eres tú. Para descubrir tu verdadero Yo,
debes admitir que tu realidad empezó en una
posición entre las verdades de ellos. Por
eso naciste ahí: para adquirir una
perspectiva superior (más amplia) de lo que
representaban. Tu camino consiste en
descubrir una verdad que sea una síntesis
superior de lo que esas dos personas creían.
Un ejemplo: mi padre pensaba que la vida
consistía en maximizar el hecho de estar
vivo, su alegría por ser quién era, y trató
de perseguir ese objetivo. Mi madre creía
más en el sacrificio -la minimización- y en
pasar el tiempo sirviendo a los demás,
negándose a sí misma.
¿Y tú qué piensas al respecto? ¿Qué punto de
vista elegirías? ¿El de tu madre o el de tu
padre?
Una vida correcta debe incluir (conciliar)
las dos visiones. Mi vida consiste de alguna
manera en combinar sabiamente los dos
enfoques: la optimización.
Toda tu vida tendrá que ver con descubrir
una espiritualidad que te permita crecer,
desarrollar tu potencia.
Podemos entonces, iniciar la siguiente etapa
del proceso, que consiste en mirar
atentamente todas las cosas que te pasaron
desde que naciste.
Después de meditar bien a mis padres,
descubrí para qué me había preparado mi
experiencia con ellos. Me di cuenta de que
mi vida era una síntesis de los dos puntos
de vista. Trataba de descubrir cómo somos
guiados internamente hacia la misión que
sólo nosotros podemos cumplir, sabiendo que
es de máxima importancia llevar a cabo esa
misión si queremos sentirnos felices y
plenos. Si meditaba cómo había evolucionado
mi vida, esta cuestión le daría a mi
existencia su exacta proporción y me
aclararía lo que está pasándome ahora.
Todos debemos ver los cambios significativos
en nuestra vida y reinterpretarlos a la luz
de nuestra cuestión evolucionista. ¿En qué
forma ha avanzado mi experiencia? Piensa
cómo encajan entre sí los hechos de tu vida.
Todos debemos pasar todo el tiempo que sea
necesario atravesando este proceso de
aclarar el pasado. Todos los intereses que
te llevaron adelante en tu pasado, todas
esas etapas de crecimiento, simplemente te
preparaban para estar aquí y ahora. Toda tu
vida ha sido un largo camino que te condujo
directamente a este momento.
La mayoría de nosotros tenemos un drama de
control que debemos trascender, pero en
cuanto lo hacemos podemos comprender el
sentido más elevado de por qué nacimos de
nuestros padres y para qué nos preparaban
todos los virajes y las vueltas de nuestra
vida. Todos tenemos un propósito espiritual,
una misión, que hemos perseguido sin ser del
todo conscientes de ello, y una vez que lo
traemos totalmente a la conciencia, nuestras
vidas pueden despegar.
Al descubrir el propósito, debes seguir
adelante, permitir que las coincidencias te
guíen hacia una idea cada vez más clara de
cómo proseguir tu misión a partir de este
punto, y de qué más debes hacer aquí.
Una vez que uno aprende qué es la vida, no
hay forma de borrar el conocimiento. Si
tratas de hacer otra cosa, siempre tendrás
la sensación de que te falta algo.
Este es el proceso espiritual a través del
cual una generación evoluciona sobre la
realidad heredada para alcanzar una forma
más fiel a la verdad. Toda nuestra vida
estriba en encontrar la verdad combinada de
nuestros antepasados familiares, y en seguir
evolucionando sobre esta verdad para
alcanzar una forma superior, hasta que
comunicar esa verdad pase a ser nuestra
misión en la tierra. Una vez comprendemos
esa verdad, podemos entender que todas las
experiencias, la sincronicidad de nuestra
vida, no es sino una preparación de cara a
esta misión. Pasa a ser nuestra forma de
enaltecer el mundo.
En Gratitud, Unidad, Orden, Luz y Amor...
¡Bendiciones Infinitas en todos los planos!
Juan Angel Moliterni
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