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 LA QUIETUD INTERIOR. CONVERSANDO CON EL GRAN ESPIRITU. 
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Luz Dimensional
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Registrado: Vie Sep 26, 2008 11:00 pm
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Nota LA QUIETUD INTERIOR. CONVERSANDO CON EL GRAN ESPIRITU.
La quietud interior es el estado natural del Ser. La presencia sin forma y sin pensamiento que solo es conciencia, felicidad sin motivo y amor sin objeto. Acostumbrados a buscar la felicidad y el amor afuera, nos resulta imposible aceptar que ésa es nuestra condición natural, y que todos los problemas que tenemos son causados por nuestro esfuerzo por solucionarlos afuera. Cada solución a un problema crea otro, y esto ocurre por la sencilla razón de que la percepción de aquello que ocurre es siempre limitada por nuestros sentidos y nuestra mente, y por lo tanto cualquier acción basada en esa definición de lo que ocurre genera una nueva perturbación en nuestro campo vital.

Era por esta razón que en las culturas antiguas se entendía que la mejor solución era la que salía de la totalidad del círculo, de las opiniones y perspectivas de todos los miembros de la comunidad.

La organización de la comunidad humana alrededor del ego es solo una negociación destinada al fracaso, y al sufrimiento eterno. Solo la organización de la humanidad en torno al Ser, al reconocimiento de la unidad, de que todos somos Uno y que el propósito fundamental de todos es despertar de la pesadilla de la separación, puede tener éxito. Así como las grandes tormentas que agitan la superficie del mar no afectan la quietud de sus aguas profundas, así la profundidad del Ser jamás es afectada por la agitación de la mente y los propósitos egoístas del ego.

Cuando vemos ponerse el sol, o cuando lo vemos salir, nos maravillamos, pero en realidad lo estamos haciendo frente a un espectáculo que no es real. El sol nunca se pone y nunca sale. Solo brilla en el espacio sin parar. Esa es la verdad. Lo que vemos a través de nuestros sentidos solamente es una verdad relativa, dependiente del lugar de observadores en la tierra. Cuando decimos ¨nadie me quiere¨ y actuamos como si así fuera, proyectamos sobre el mundo nuestra particular experiencia de no habernos sentido queridos, probablemente en nuestra infancia. Para luego colocarnos en un lugar donde se nos confirme esta perspectiva, o sea nuestra identidad de carentes o no merecedores, o en situaciones defensivas para evitar el contacto con esta herida. En otras palabras: juzgamos al mundo, a la experiencia que deviene de él, o a nosotros mismos y a los demás, en base a un error perceptivo. Cuando nos liberamos de esta confusión descubrimos que el mundo no era lo que creíamos, que solo nos orientábamos dentro de él con un mapa equivocado. Esta comprensión puede no solamente liberarnos de las consecuencias que hasta ese momento recreábamos para nosotros, sino que también puede hacernos dar cuenta de que todo el conflicto que percibimos en el mundo es creado por la proyección de nuestras experiencias, y los juicios que hacemos con nuestra mente en base a ellas.

La mejor conclusión a la que podemos llegar es que no podemos solucionar nada con la mente, pues su función es crear separación y conflicto. La segunda conclusión es que nuestras experiencias son solamente eso: matrices que constituyen una identidad falsa, un personaje cuya función principal parece ser la de ayudarnos a sobrevivir a nuestras circunstancias difíciles, cuando en realidad lo único que hacen es perpetuarlas. Comprender que la única manera de acabar con el sufrimiento es acabar con el que sufre es comenzar a ser libres.

El hecho de tener un ejército para que nos defienda, parte de la percepción temerosa de que alguien nos va a atacar. A su vez, cuando lo tenemos, el ejército tiene que cumplir con su objetivo. O sea: buscar algo de que defendernos para justificar su existencia. Y todo esto sin hablar de los costos que implica sostener un ejército. Lo mismo ocurre con nuestras defensas psicológicas: terminamos prisioneros de aquello que levantamos para defendernos. Y por tanto nos aseguramos una vida de eternos conflictos. El enemigo está adentro: somos nosotros mismos. Si conseguimos estar en paz adentro, también lo estaremos afuera. La paz interior no es algo a ser alcanzado. Si así lo fuera, no duraría, como no dura nada de lo que hacemos afuera. La paz interior es nuestro estado natural. La pregunta no es cómo puedo hacer para alcanzar la paz, sino cómo hice y continúo haciendo para alejarme de ella.

Todas nuestras preocupaciones están basadas en el miedo a la carencia, y en cómo nuestra vida se dirige a huir de ella. Y sólo conseguimos perpetuar esa carencia, aún en los momentos de plenitud y abundancia, justamente por el miedo a perderlas. Tenemos que terminar con la ilusión de la carencia.

Si un tigre decidiera que la mejor manera de lidiar con la posibilidad de no comer al día siguiente fuera matar al mayor número de venados posible y guardarlos en un freezer para los próximos días, pronto se daría cuenta de que no puede abandonar la guarida por miedo a que lo roben. O tendría que contratar a otros tigres para que le cuiden los bienes, pagarles y también cuidarse de ellos, etcétera, etcétera.

El miedo a la carencia lleva a la acumulación, la acumulación lleva al desequilibrio y por ende a la necesidad de ser compensado, y este movimiento es el que ha construido la civilización como la conocemos hoy. Las antiguas culturas circulares conocían esto, y sabían que la abundancia es el estado natural de todo lo que existe. La aparición de la soledad y el aislamiento que dieron lugar al ego, al miedo y a su compensador natural el poder, han creado todo el caos en la humanidad actual. Si alguien toma más de lo que necesita, muchos sufrirán la carencia y tratarán de obtener lo que les corresponde por cualquier medio.
Los contratos sociales de las sociedades modernas son solo formas de negociar la injusticia, y por lo tanto la perpetúan a través de las leyes escritas.
Esto lleva a la simplicidad, que en nuestra cultura es vista como pobreza. La pobreza es el nombre que le damos a la carencia, y ésta es el reflejo de la experiencia del desamparo, y éste, a su vez, es el resultado de vivir en un mundo sin Amor. Una sociedad basada en el Ser reconoce a todos como el Ser, y por ende nadie es excluido.

La principal necesidad del ser humano es la de sentirse amado, pues esta experiencia le permite atravesar las circunstancias de su existencia (incertidumbre, pérdida, enfermedad, muerte) sin perder el contacto con su fuente original: el Ser.
Una cultura que se mantiene en ese Orden, no experimenta necesidades substitutas, no tiene apetito de otra cosa que de la presencia del Ser. No existe ambición por mejorar, pues no se puede estar mejor que en el Ser, el cuerno de la eterna abundancia.
El sentido de la vida no es tener éxito a través de las propuestas y sueños de grandeza del ego, sino despertar del sueño de identificación con este personaje.
Siempre que abandonamos al ego, ya sea a través de una búsqueda espiritual, una terapia o un accidente, experimentamos la presencia de la quietud interior, una fuente insondable de paz y eternidad. El error que cometemos es creer, luego que pasó, que fue una experiencia mística, algo que ahora podemos contar y que con suerte nos hará parecer mejores que los demás o al menos especiales (o todo lo contrario: no la contamos por miedo al rechazo o a la incomprensión). Convertimos la experiencia sublime de descubrir quiénes somos en realidad, en una nueva posesión del ego.
El querer mejorar siempre surge de la experiencia de sentirse menos, o inadecuado. Tal sentimiento nos impulsa a querer agregar algo a nuestra existencia, y de esa manera caemos en la trampa. En el eterno correr tras la zanahoria que significa ¨un mundo mejor para nosotros en el futuro¨. No nos damos cuenta que esa percepción es errónea.
El sol siempre está ahí, aunque las nubes lo tapen. Así como el Ser siempre está ahí, aunque las nubes del ego y la mente lo oculten.
Encontrar la quietud y la paz interiores es saber que eso es lo que somos, no lo que tenemos que alcanzar. Para eso debemos orientar toda nuestra vida al propósito de despertar, de desidentificarnos del ego y reconocer al Ser, el observador sin forma, la Conciencia pura, el Conocedor eterno que somos.
Este movimiento no implica pasividad o retirada de lo que llamamos mundo, sino una profunda atención en nuestra vida cotidiana a la sutil diferencia entre el Experimentador y la experiencia, entre el Soñador y el sueño, entre la Conciencia y sus contenidos.
Yo Soy no es lo mismo que yo tengo.
Más tarde o más temprano descubrimos que el éxito no era el fin de la vida, ya sea porque lo hemos alcanzado y descubierto que no nos traía felicidad, o porque nos hemos frustrado tratando de alcanzarlo sin conseguirlo. Hemos descubierto que en el afán del éxito en algún campo, hemos descuidado otros, y nos vemos a nosotros mismos en el pináculo de la fama habiendo perdido los afectos, la familia, o la salud. Este descubrimiento, por penoso que sea, es la oportunidad que la vida nos da para despertar de la ilusión. Todo lo que busquemos afuera como fuente de seguridad, está condenado a desaparecer.
Solamente el retorno a la realidad del Ser, a la fuente insondable de Amor, Felicidad y Alegría, podrá darnos la respuesta que buscamos.


De ¨CONVERSANDO CON EL GRAN ESPÍRITU¨, de ALEJANDRO SPANGENBERG.


Alejandro Spangenberg es psicólogo egresado de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República Oriental del Uruguay. Postgraduado en Terapia Gestalt y especializado en proceso y terapia de grupos en el Gestalt Institute of Cleveland. Ex docente universitario y docente formador de terapeutas. Hombre Medicina y Líder Espiritual del Camino Rojo de las tradiciones nativas de América.
:hearth:

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Jue Ago 07, 2014 12:46 am
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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com
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